La victoria que no fue-Óscar Camacho y Alejandro Almazán

sábado, noviembre 24, 2007


Mis abuelos paternos vieron en López Obrador y sus apoyos económicos un contendiente capaz de llevar al país a mejores tiempos. Bajo su mandato como jefe del Distrito Federal, recibieron ayuda como pensionados y mi abuelo en particular como “tianguista”. Sin embargo y a pesar del apoyo incondicional de los defeños, López Obrador no llegó a la presidencia. Inflada su soberbia por sentirse querido en la capital más poblada del mundo, no logró entender, que el DF no es el mundo, ni mucho menos México.

Cada estado funciona de manera diferente y mientras que en el populismo aceita los engranajes que hacen funcionar la capital, en otros lugares como San Luis Potosí, son las empresas las que dictan el camino. Pelearse y amenazar a este sector del país era perder votos a su favor en muchos estados; que el PAN supo pepenar correctamente.

A los que vivimos en un lugar distinto al DF, poco nos importaba los apoyos a los viejitos, que la universidad sea una ganga, que el transporte público sea la mitad más barato o que se den apoyos para todo alumno en educación básica con promedio de 7.

Al contrario, para muchos, fuera del Distrito Federal, quedaba claro que López Obrador era una amenaza, un ser totalmente desconectado de la realidad, que ofrecía las mismas panaceas en todos los estados, sin tener el conocimiento suficiente sobre su infraestructura y problemas primigenios. Probablemente esa fue la razón de ofrecer construir en tren bala en San Luís Potosí, para que llegáramos más rápido a la frontera (y se siguieran quedando desiertos los municipios pobres que no tienen otra cosa que ofertar que mano de obra para el imperio) así como su desatino al oponerse públicamente a los sectores industriales, que por cierto, rigen nuestro destino.

Pero no solo no conocía a sus votantes tentativos de otros estados, ni siquiera se dio el tiempo de conocer a los propios. Tanto en el Distrito Federal (en este más por la densidad de población) como en el resto del país, la televisión forma la mitad de la opinión pública. Me gustaría decir que son las clases bajas y de mediana (o ninguna) educación los que rinden pleitesía a grandes monopolios como Televisa y Tv Azteca, pero basta con echar un ojo a mi alrededor para darme cuenta de cuantos de mis compañeritos tienen emblandecido su corazón por el Teleton, asisten a los eventos de “Vive sin drogas” (pero eso sí son asiduos seguidores de las drogas legales, que por cierto se promueven en tv azteca) u pagan para asistir a un evento de publicidad descarada como lo es “Espacio”.

Pues a López Obrador no le dijo nada, que el país (tanto aquí como en Df) se detuviera cuando se llega a la gran final de Bailando por un sueño o de Amor en Custodia. Desdeñó el poder de la caja idiota y las gangas que le ofrecían para sus spots de campaña. Una seguridad desmedida, aunque no estoy segura de que infundada, lo llevó a irse peleando con los medios uno a uno. López Obrador no quiso entender, que con la tele no se puede pelear ni Lucerito (y eso que es la Novia de América).

Desconocimiento del negocio, eso fue lo que provoco su caída.

Cegado por que llenaba plazas, no entendió que la política es un negocio y que como en el amor, todo se vale, incluyendo la guerra sucia de Calderón o los fraudes electorales. Totalmente desligado de la realidad no comprendió que este mundo se rige bajo el yugo de los medios, de la publicidad y del capitalismo. No hay lugar para imaginar que las señoras que lloran con “Destilando amor” no se van a sentir igual de afectadas por los spots de “López Obrador es un peligro” y que el intelectual pouser que lee con avidez los periódicos iba a ser atraído por un imán mágico hacia su inteligente persona.

Imaginó que sería suficiente contar con los revolucionarios de café de todos los estados, con los viejitos que querían un apoyo económico y con los que estaban desilusionados del desempeño de Fox que se traduce en desempeño del PAN en los Pinos.

Pero no lo fue, una cosa lleva a la otra, la impopularidad ganada con los sectores poderosos del país (recordemos que tenemos al hombre más rico del mundo) y con los medios le paso la factura. Un intento torpe por enmendar sus errores lo dejo mal parado. Su soberbia no solo se respiraba fuera de su casa de campaña, sino también dentro, donde no quiso escuchar razones ni consejos, apoyando piedras angulares de su carrera en personas que pudieron con el paquete.

Independientemente de la Guerra Sucia del ahora Sr. Presidente, del cerco informativo de medios de derecha o de la pobre actuación de órganos como el IFE, el peje cavó la mitad y un cachito de su propia tumba.

Mi abuelo paterno murió de cáncer en el estomago unos meses antes de las elecciones, su enfermedad lo deterioro y mato en menos de un mes, pero antes de que el dolor le provocara alucinaciones, era un perredista convencido de que el peje era el gallo. Plenamente convencido de que todo el país iba recibir subsidios como el Distrito Federal y de que su plaza en el Tiaguis de los martes y domingos, estaba asegurada para los nietos que ya no quieren estudiar y prefieren dedicarse a la venta de piratería.

Probablemente, si hubiera estado vivo y sano, hubiera sido de los que arremolinados en el zócalo gritaban el “voto por voto, casilla por casilla”.

Y creo que agobiado por su diabetes no alcanzaría a entender (si siguiera vivo), el show que llevaron acabo importantes comunicadores al aprobarse la reforma en la Ley Electoral, no me creería que Paty Chapoy y Lopez- Doriga no chillaban por la libertad de expresión, sino por los 2.5 millones de pesos que llevan a las arcas de su empresa por publicidad electoral.

Supongo que tampoco podría explicarle, que la democracia ahora no tiene que ver con la cantidad de spots que puedas pagar en los medios, sino con el tamaño de partido, ya que según el sapo la pedrada y según el tamaño del partido el tiempo en medios.

Explicar que el hombrecito que nos gobierna esta vendiendo nuestra alma a los empresarios y a través de una dudosa Ley Fiscal quiere darle a los más pobres.

Después de leer “La Victoria que no fue” me queda el sabor amargo de los que saben datos duros y trapos sucios de la política, me queda la inquietud de que ganara quien ganara el país no va a estar un poquito mejor, la diferencia estaba en quien lo puede dejar menos peor. Sin embargo, también sé que la política es así, es un negocio tan sucio como el narcotráfico y tan parcial como la religión. Y por sobretodo, es un mal necesario.

Por cierto, Óscar Camacho y Alejandro Almazán, seguian a el Peje con fervor, así es que para quien piense que este libro fué escrito por algun panista o priista recentido, pues no. Es un documento valioso pues viene de perredistas declarados, pero tambien con los suficientes pantalones para aceptar los errores de su candidato.

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